Puede reconocerse, en segundo lugar, muy serias deficiencias en la capacidad para razonar correctamente, así como para exponer ordenadamente las ideas, enunciar claramente las suposiciones y deducir verazmente sus consecuencias. Esa capacidad no es indispensable únicamente para adelantar en la ciencia y en la técnica, sino en todos los dominios del saber y aún, para todas las personas, cuando las circunstancias obligan a tomar decisiones de verdadera importancia.
En tercer lugar, se comprueba un conocimiento casi nulo acerca de la naturaleza y de sus leyes, del mundo en que vivimos, de nuestro medio geográfico.
También, podemos mencionar la falta de habilidades manuales y de inclinaciones prácticas, así como de un conocimiento primario de los materiales, de sus aplicaciones, de su uso y empleo de herramientas. Se trata de un aspecto de la educación al que se le da importancia en los países desarrollados y que no es atendido como se debe en nuestro sistema educativo.
La dificultad en mejorar la calidad de la docencia no radica en un solo factor (que puede ser percibido como el económico o el pedagógico), sino que constituye parte de la implementación de una política intercultural, como perspectiva transversal que permita reorientar los modelos de docencia, en función a los contextos diferenciados en que se ejerce la profesión. La interculturalidad no es solamente una manera de concebir la integración de las culturas, sino un diálogo entre distintas realidades culturalmente dinámicas, en donde siempre está presente el conflicto.
Materializar el perfil deseado del docente peruano requiere de un compromiso y de una formación integrales, de exigencia en la calificación y que esté de acuerdo a las necesidades del país. Sin embargo, en la medida que no se establezcan mecanismos de incentivos y compensatorios que alivien a los docentes de la sobrecarga de roles, y que integren la interculturalidad como eje articulador de todas las propuestas curriculares y pedagógicas, no se podrá revalorar la imagen del docente, ni potenciar sus capacidades. Por ello es necesaria una política que promueva efectiva y sostenidamente el diálogo y la participación, tanto de los docentes, como de los padres, los alumnos y la comunidad en su conjunto.










